← Artículos

El sur de Europa y la UE: la sospecha y los datos

Hay una pregunta que se repite en España, Italia, Portugal y Grecia, y cada vez se oye más alto: por qué los países del sur arrastran problemas estructurales que el norte no tiene. Y detrás va otra más incómoda, que mucha gente formula en voz baja: si pertenecer a la Unión Europea y, sobre todo, al euro, no será un negocio peor de lo que se cuenta.

La sospecha no es una locura. Las reglas del club son las mismas para todos, pero los países no parten del mismo sitio, no producen lo mismo ni envejecen igual. Lo que sigue no es un alegato a favor ni en contra: es un repaso de lo que sostienen los datos, cada uno con su fuente, separando lo que la sospecha acierta de lo que se le va la mano.

El dato que nadie discute: la convergencia se paró

Durante décadas, la idea oficial fue que el sur se iría acercando al norte. Ese es el sentido de la palabra «cohesión». Los números dicen que el proceso se detuvo, y en algunos casos se dio la vuelta.

España entró en la UE en 1986 con una renta muy por debajo de la media y la fue recortando hasta colocarse, a mediados de los 2000, en la media europea e incluso algo por encima. Hoy está otra vez por debajo: nueve puntos en 2023, y la serie no ha cambiado de signo. Según Eurostat, en 2025 Italia se queda en torno al 96 % de la media, Portugal por debajo y Grecia alrededor de un 30 % por debajo.

No es un mal año: es un escalón. Los cálculos del FMI que llegan hasta 2029 prevén que España mantenga esa brecha otros quince años, según recoge El Confidencial al analizar los saldos con Bruselas.

Mientras tanto, países que entraron en 2004 mucho más pobres sí han convergido: Malta, Eslovenia, la República Checa y Lituania están ya en cifras parecidas a las de España o por encima. La UE sabe hacer converger a sus miembros; con el sur, sobre todo desde 2008, dejó de hacerlo.

Los síntomas se ven a la vez en varios sitios:

Ese último punto es la parte de la sospecha que dice: somos el país barato al que se puede venir a comprar. Tiene una base real. Si tu economía depende del turismo y del ladrillo y tu salario medio está muy por debajo del del norte, el resultado es que las casas, el suelo y las empresas se compran desde fuera, con dinero que no se queda aquí.

Cinco mecanismos que aparecen en todos los análisis

La pregunta siguiente es por qué. No hay una sola causa, y quien diga que la tiene, miente. Pero hay cinco mecanismos que se repiten en la literatura, en los informes del propio BCE y en los del FMI.

Una política monetaria única para economías muy distintas

El euro tiene un solo tipo de interés para veintiún países, y lo decide el BCE pensando en el conjunto. En la práctica, mira mucho a Alemania, que es la economía mayor. Cuando el tipo es el adecuado para Alemania, en España o Grecia puede ser demasiado bajo, y al revés.

No es una opinión de tertulia: lo admite el propio BCE. En un trabajo suyo de 2019 sobre la economía española, sus autores escriben que la caída de los tipos de interés reales tras la creación del euro y la burbuja inmobiliaria fueron los dos motores principales de aquellos años. Con los precios subiendo al 4 % y el tipo nominal al 2 %, el dinero era gratis y el crédito se fue al ladrillo. Cuando el BCE empezó a subir tipos en 2008 por la inflación alemana, en España estalló todo a la vez.

Sin moneda propia, el ajuste se hace por salarios

Con moneda propia, un país en apuros la devalúa: sus productos se abaratan fuera y la crisis se reparte. Sin moneda propia, el ajuste se hace por dentro, bajando salarios, gasto y precios. Es lo que los economistas llaman devaluación interna, y es exactamente lo que pasó. En España, la reforma laboral de 2012 facilitó descolgar los convenios y bajar salarios para ganar competitividad.

A la vez llegaron los rescates. Grecia, Irlanda, Portugal y España (esta última, solo para su banca) recibieron préstamos con condiciones de la Comisión, el BCE y el FMI, lo que se conoce como la Troika. El FMI calculó después que el ajuste fiscal exigido fue enorme, del orden del 9 % al 10,5 % del PIB, y que en Grecia se hizo en la mitad de tiempo que en los demás. El resultado griego ya lo hemos visto: un cuarto de la economía y un paro del 27 %.

Un presupuesto europeo pequeño y con forma antigua

La UE reparte cada año alrededor del 1 % de la renta de sus miembros. Es poco: un Estado dedica a sus políticas muchas veces más. Y de ese poco, la mayor parte va a dos cosas, la Política Agrícola Común y los fondos de cohesión.

España se ha beneficiado mucho de eso. Solo de la PAC recibió 6.995,8 millones en 2023. Pero la foto ha cambiado: ese año España ingresó 12.122 millones del presupuesto ordinario y aportó 13.585, así que sin contar los fondos de recuperación el saldo ya es negativo. Por primera vez, el país que durante cuarenta años fue receptor neto aporta más de lo que recibe.

Y el dinero no siempre se ejecuta bien. El Tribunal de Cuentas Europeo ha señalado retrasos en la absorción de los fondos del Mecanismo de Recuperación, y varios informes sitúan a España como uno de los países de la UE con peor tasa de ejecución de los fondos estructurales. Recibir no es gastar, y gastar no es gastar bien.

Un modelo productivo que el propio euro premió

Si el dinero es barato y el país tiene sol, playa y gente dispuesta a trabajar, lo rentable a corto plazo es construir y atender turistas, no investigar. España dedicó a I+D el 1,49 % del PIB en 2023, la mitad que Alemania y muy por debajo del 3 % que la propia UE se marcó como objetivo.

El informe Draghi de 2024, encargado por la Comisión, dice que a la UE en conjunto se le está abriendo una brecha de innovación con Estados Unidos y China. No es un problema solo del sur, pero el sur es donde más se nota: si no se invierte en lo que sube los salarios, la gente mejor formada se va, y más de tres millones de españoles ya viven fuera.

La demografía, que agrava todo

En 2024 la fecundidad fue de 1,07 hijos por mujer entre las madres españolas y de 1,34 en el conjunto de la UE, que ya es su mínimo histórico. Menos gente trabajando, más pensiones por pagar y menos margen para todo. No es un problema que arregle un fondo europeo: se agrava solo.

Dónde la sospecha se pasa de frenada

Hasta aquí, la sospecha tiene sustancia. Pero si se lleva al extremo de que la UE nos está destrozando, los datos dejan de acompañarla en tres puntos.

El primero: el mercado interior ha dado mucho dinero. Los trabajos del BCE calculan que elevó la renta per cápita entre un 12 % y un 22 % en los países fundadores. El FMI estima que la ampliación de 2004 subió la renta de los que entraron más de un 30 %. Se puede discutir el reparto; no que haya habido ganancia.

El segundo: la convergencia ha funcionado con otros. Los países del Este entraron mucho más pobres y en veinte años han hecho lo que el sur no ha hecho en cuarenta. Si el problema fuera solo la UE, no se explica.

El tercero: la culpa nunca es de un solo factor. Italia llevaba años casi sin crecer cuando nació el euro; su problema de productividad es anterior. Grecia falseó sus cuentas para entrar y su déficit se disparó a cifras que ningún otro país de la eurozona tenía. Y la burbuja española tuvo responsables de casa: suelo barato, cajas de ahorro, ayuntamientos y un país entero convencido de que los pisos nunca bajaban. El euro puso la gasolina; el depósito ya venía mal puesto.

Hay una cuarta, que se olvida: el norte tampoco está fino. Alemania tuvo los salarios estancados durante años y Francia arrastra una deuda pública muy alta y una productividad que también se ha frenado. El eje norte-sur explica mucho, pero no todo.

Lo que ha cambiado desde 2020

Desde la pandemia, el club ha hecho cosas que hace quince años eran impensables: emitir deuda conjunta con los fondos Next Generation, pagar los ERTE de medio continente con dinero europeo y que el BCE compre deuda de países concretos para frenar la prima de riesgo. España fue el segundo país que más recibió del fondo de recuperación, 163.014 millones.

Eso ha dado aire: España crece hoy por encima de la media europea, Grecia se ha recuperado y el paro ha bajado. Pero ese dinero termina y los cálculos para después vuelven a mostrar la misma brecha de renta. La ayuda ha servido para el bache, no para cambiar el modelo.

Lo que este texto no dice

No dice que haya que salir de la UE ni que el euro sea la única causa de nada. Tampoco dice que todo sea culpa de Bruselas: la mitad de los problemas del sur son decisiones del sur, a veces tomadas con el incentivo que venía de fuera.

Lo que los datos sí permiten afirmar es más limitado y más útil. Una unión monetaria sin unión fiscal, con reglas que limitan el gasto público y un presupuesto pequeño dedicado sobre todo a la agricultura y a la cohesión, reparte los costes del ajuste de forma desigual. El que llega más tarde, produce menos y depende del turismo acaba ajustando por salarios. Eso es una crítica al diseño, no una tesis de salida.

Y la respuesta honesta a la pregunta del principio es que las dos cosas son verdad a la vez. El club ha dado mercados, dinero y derechos que sin él no estarían. Y el club, tal como está montado, ha repartido el sufrimiento de forma asimétrica. Negar lo primero es demagogia. Negar lo segundo es propaganda.

Fuentes

Todos los artículos