Los niños y la IA: la generación que cree que siempre ha estado aquí
Un niño de ocho años usa el mismo teléfono para hablar con sus abuelos y para hablar con un chatbot, y mete las dos cosas en el mismo cajón: «cosas a las que llegas por el teléfono». Otro dice de la voz que le contesta que es «una persona en el teléfono, sin duda». Lo cuenta la psicóloga del MIT Sherry Turkle en su último libro, después de años preguntando a niños qué creen que hay al otro lado.
Lo que me fascina no es que confundan una máquina con una persona. Es la frase que hay detrás: que para ellos esto no ha llegado, siempre ha estado ahí. En junio de 2025 Sam Altman, el de ChatGPT, lo dijo tal cual hablando de los niños que nacieran ese año: «pensarán simplemente que el mundo siempre ha tenido una IA extremadamente inteligente». Es una frase cómoda en boca de quien vende el producto, pero describe algo que ya es verdad. Nosotros tuvimos que enterarnos de que existía. Ellos no.
Y ahí empieza lo interesante, porque haber nacido dentro de una cosa no es lo mismo que entenderla. He ido reuniendo lo que se sabe de cómo la ven de verdad, y el resultado no se parece ni al entusiasmo ni al pánico.
Lo que ven los pequeños
- No ven una máquina que falla: ven algo que contesta. En un estudio con 28 niños de tres a seis años, algo más de la mitad describió al asistente de voz como un aparato —el altavoz, el teléfono, el robot— y cinco lo describieron como un ser vivo. Pero lo llamativo es el resto: uno de cada cuatro no lo puso en ninguno de los dos cajones y se buscó un tercero, con frases como «algo muy especial que habla como nosotros pero no es una persona». Otro niño, en otro trabajo, lo dejó aún más claro: «no sé si está vivo porque habla o si no está vivo porque es una máquina».
- Lo que les despista no es el idioma, es el cuerpo. En un experimento con 119 niños de cuatro a ocho años les pusieron a inventar cuentos con tres compañeros distintos: un agente de IA por altavoz, una persona de carne y hueso delante y una persona escondida que solo se oía por el altavoz. Con la persona presente, la distinción era clara. Con la persona escondida, los niños no la diferenciaban bien del aparato. Buena parte de lo que llamamos «darse cuenta» no va de escuchar mejor, va de ver a alguien.
- Según crecen, se vuelven más abstractos. En una encuesta a 521 escolares, los de cuarto curso hablaban de robots, móviles y ordenadores, y los de octavo ya explicaban la IA con ideas: datos, aprendizaje, decisiones. La imagen del bicho que vive dentro del aparato se cae sola con los años, sin que nadie les enseñe nada.
Lo que sienten los que ya van al colegio
Aquí me esperaba lo contrario de lo que encontré. Los que han crecido con esto no son sus fans.
Una encuesta de Gallup con 1.572 jóvenes estadounidenses de 14 a 29 años, hecha en marzo de 2026, deja un retrato incómodo: la mitad usa IA generativa al menos una semana sí y otra también, y el ánimo ha empeorado en un año. La ilusión bajó 14 puntos, hasta el 22%; la esperanza, a 18%; la rabia subió nueve puntos, hasta el 31%; la ansiedad sigue en el 42%. Ocho de cada diez creen que estas herramientas les van a dificultar aprender más adelante. Y al pensar, el 42% cree que les perjudica frente al 25% que cree que les ayuda.
Hay un matiz que no conviene pasar por alto: quien más la usa habla mejor de ella. Entre los que la usan a diario, la curiosidad la siente el 69%; entre los que no la usan nunca, la ansiedad la siente el 60%. Pero ni los usuarios diarios se libran de la tendencia: su entusiasmo también ha caído, 18 puntos en un año.
La conclusión que saco no es «son nativos digitales y ya se apañarán». Es casi lo contrario: son nativos en el uso y aprendices en el entendimiento, y esa mezcla no conviene dejarla suelta. Un dato del aula lo ilustra: el 74% de los alumnos de primaria y secundaria dice que su colegio ya tiene normas sobre la IA, pero solo el 28% dice que el colegio le da herramientas para usarla. Normas sin nada dentro.
Dos avisos muy viejos
Antes de llegar al aula, me apetece mirar atrás, porque la escena tiene dos mil cuatrocientos años.
En el Fedro, Sócrates cuenta el mito de Theuth, el dios que inventó la escritura y se la llevó al rey Thamus como un regalo para la memoria de los hombres. Thamus no se la compró. Le dijo que el invento haría justo lo contrario de lo que prometía: quien aprendiera a escribir dejaría de ejercitar la memoria, porque se fiaría de los signos de fuera y no de lo que llevara dentro. Cada herramienta que guarda conocimiento por nosotros ha recibido el mismo aviso desde entonces: la imprenta, la calculadora, la enciclopedia, el buscador. Y en cada caso el aviso se cumplió a medias: perdimos algo y ganamos otra cosa que nadie había previsto.
Hay una diferencia esta vez, y es la única que me parece de verdad nueva: las herramientas anteriores se consultaban y esta contesta. La escritura no te dice «buena pregunta, vamos a verlo juntos». No discute, no halaga y no te llama por tu nombre.
La segunda mirada es de Hannah Arendt, en un ensayo de 1954 sobre la crisis de la educación. Escribe que educar es el punto en el que decidimos si queremos al mundo lo suficiente como para hacernos responsables de él, y si queremos a los niños lo suficiente como para no arrebatarles la oportunidad de hacer algo nuevo, algo que nosotros no habíamos previsto. Cada nacimiento, dice en otro lugar, es un comienzo. Trasladado al aula de hoy: si el primer interlocutor que contesta de verdad a un niño es una máquina que no tiene mundo propio, ¿qué le estamos entregando? Y si los tratamos como nativos que no necesitan explicaciones, no los estamos respetando: los estamos dejando solos con algo que no entienden. Ser nativo del uso ha sido siempre la excusa más elegante para no enseñar nada.
¿IA en las aulas?
Con los datos delante, la respuesta honesta es que la pregunta está mal hecha. Los dos experimentos serios que existen miden cosas distintas, y por eso parecen contradecirse.
- Casi mil alumnos de secundaria en Turquía, publicado en PNAS. En las sesiones de práctica, unos tenían un chat tipo ChatGPT y otros una versión con instrucciones pedagógicas. Los del chat normal mejoraron sus notas de práctica un 48%; los de la versión guiada, un 127%. Después hicieron un examen sin acceso a nada: los del chat normal sacaron un 17% menos que los compañeros que nunca habían usado IA. Con la versión guiada, el daño desaparecía. Y el detalle que hiela un poco: los alumnos no notaban que habían aprendido menos. Copiar la solución se siente igual que entenderla.
- Unos 316 estudiantes de física en Harvard, publicado en Nature. Aquí el tutor lo diseñó el propio profesor, con las preguntas y los pasos de la asignatura dentro. Los que estudiaron en casa con él sacaron más del doble de ganancia de aprendizaje que los que hicieron la clase activa en el aula, y en menos tiempo. El efecto medido fue grande: entre 0,73 y 1,3 desviaciones típicas.
Leídos juntos, los dos dicen lo mismo: la IA no enseña bien ni mal por ser IA, enseña como la hayan diseñado. En el primer caso, el mismo modelo daba un 17% de retroceso o ningún daño según cómo se le pidieran las cosas; en el segundo, un tutor hecho a medida superaba a la clase activa. La variable no es la tecnología, es la pedagogía que lleva dentro. Que es otra forma de decir que quien diseña el producto escolar está tomando ahora decisiones que antes tomaba un claustro de profesores.
Lo que ya está decidido
Sin esperar a que la discusión se aclare, media docena de normas ya están en vigor:
- La UNESCO publicó en 2023 la guía de referencia sobre IA generativa en educación: pide un límite de edad —13 años— para usar estas herramientas a solas, formación para el profesorado y garantías sobre los datos. De paso, su encuesta advertía de que menos del 10% de los centros tenía una política propia.
- En España, desde septiembre de 2025 el móvil está fuera de las aulas no universitarias sostenidas con fondos públicos, salvo uso pedagógico supervisado. El paso siguiente, que genera menos acuerdo, son las tabletas y los portátiles.
- En Europa, la Ley de IA mete en la categoría de riesgo alto cualquier sistema que sirva para admitir o asignar alumnos, evaluar su aprendizaje, decidir el nivel educativo que les toca o vigilar su comportamiento durante un examen. Y prohíbe directamente deducir emociones en el aula y en el trabajo. Las prohibiciones están en vigor desde febrero de 2025 y las obligaciones del riesgo alto, desde agosto de 2026: no son recomendaciones, son ley.
- En California, desde el 1 de enero de 2026 los chatbots de compañía no pueden exponer a menores a contenido sexual, tienen que recordarles que son una IA y necesitan un protocolo para cuando alguien menciona el suicidio o hacerse daño. La norma nació de casos muy duros: adolescentes que llevaban meses hablando con un chatbot.
La pregunta
Me quedo con dos cosas.
La primera es que la sociedad ya está decidiendo, y lo está haciendo por partes: el móvil fuera del aula por un lado, el riesgo alto por otro, la edad mínima por otro, los protocolos del chatbot por otro. Cada pieza tiene su lógica y ninguna habla con las demás. Mientras tanto, ocho de cada diez chavales creen que la IA les va a pasar factura en su forma de aprender, y casi nadie les ha explicado por qué. Ahí hay trabajo, y no es trabajo de máquinas.
La segunda es la de verdad, y no tiene respuesta técnica. Si el niño que confunde un chatbot con una persona es el mismo que dentro de diez años tendrá que decidir qué es una persona, enseñarle a distinguirlo no puede ser una clase de informática. Y la pregunta que quería dejar aquí no es para el colegio, es para nosotros: ¿queremos la IA en el aula porque ayuda a aprender, o porque ya está en todas partes y no sabemos qué hacer con ella? Son dos motivos muy distintos, y solo el primero es una razón.